INFORMACIÓN, CIENCIA Y TECNOLOGÍA

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fsc_1Acabo de leer la última obra de Umberto Eco “Número Cero”.  Coincide dicha lectura con un debate acalorado en países como Ecuador sobre el mal uso de las redes sociales y las declaraciones del semiólogo italiano criticando el imperio de la estulticia en la galaxia Internet (http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/interes-fijo/2015/06/17/umberto-eco-y-los-idiotas-del-twitter.html). Que nuestro tiempo es el tiempo de las multitudes, conectadas o no, es un hecho. Véase el caso del turismo en Barcelona.

Un claro ejemplo de urbanismo para morir de éxito. La plaga de turistas es un problema cotidiano para la vida y la identidad local de los habitantes de la ciudad condal. Ahora, el problema es pensar la emergencia de esta nueva cultura de la aglomeración. Que las multitudes, o antes las masas, más allá de apocalípticos e integrados, es un fenómeno de la modernidad es indiscutible, como lo es el hecho de que ello es resultado de mejores condiciones de vida y democratización de acceso a la cultura, o diríamos de visibilidad y presencia en el espacio público. Ello plantea numerosos problemas. El derecho a la palabra y la participación no está exento de límites y contradicciones.Pero esto no es achacable al uso de la tecnología. El acceso al ciberespacio es el mismo que el que ocupa las Ramblas o hace posible la ocupación de la Puerta del Sol. En este punto, sin duda, Umberto Eco es deudor de la galaxia Gutenberg, bibliófilo defensor del papel, de una cultura otra. Y también de cierto modelo elitista de lo que representa la universidad moderna, la misma que sufrió Raymond Williams por razones de pertenencia de clase. Podríamos compartir por tanto que si bien es cierto que en las redes domina la cultura ilota y que la ocupación del ágora mediática no está exenta de inconvenientes como la violencia simbólica o la redundancia, ello no significa que el proceso de transformación revolucionaria de la cultura digital no contribuya a una mejora cultural, en términos generales. Eco, como el Profesor Di Samis, protagonista de su novela, peca de exceso neobarroco. Pertenece a otro tiempo y otra era, la del registro, la de la cultura conservadora (en el sentido de Moles); por eso los personajes de su última novela piensan en la memoria en términos de CD y no la nube. Ello explica la crítica a las redes, los móviles y la cultura radical chic. Pero afirmar, como hemos visto en Facebook, que la opinión de Eco no es razonable sino más propia de un exabrupto de un veterano académico de otro tiempo parece cuando menos incluso mucho más disparatada. Entre otras cosas, porque la novela de Eco es una crítica también a la “información humanoide”, al periodismo impreso, al medio en soporte papel, hoy en decadencia más bien por la lógica mercantil y la financiarización de la industria periodística. El argumento genial de un periódico, DOMANI, que piensa la noticia del mañana sirve al autor para una crítica a la totalidad del mundo de la información convencional que podemos constatar a diario en la prensa rosa, el periodismo deportivo o, por descontado, en la información política de actualidad.  Nuestro tiempo es el tiempo del periodismo y la información redundante. Por eso resulta a todas luces pertinente el concepto de  infoxicación. Siempre hemos sabido, confiesa uno de los personajes, “que los periódicos enseñan a la gente como debe pensar” (p.99). La propia historia de Italia, con realidades como la Operación Gladio, no es ciencia-ficción, sino la epopeya de la cultura de masas dominante. Frente al principio de palingenesia que debiera regir deontológicamente el ejercicio periodístico, medios como “La Voz de la Cloaca” constituyen no la información basura sino los desagües o residuos del poder, hoy básicamente representado por el capital financiero y el proceso de  mercificación de los medios.  De modo que cuando se afirma que no son las noticias las que hacen el periódico sino el periódico el que hace las noticias, quienes siempre hemos abogado desde la teoría crítica por pensar los dispositivos de control y dominio de la información estamos señalando también el por qué las multitudes, los tradicionalmente llamados públicos o audiencias, huyen de los medios convencionales a las redes de interacción personal en lo que Ramonet describe como el paso de los medios de masas a la masa de medios.

Lo sorprendente es que la profesión no esté pensando en la era de las redes, en la Sociedad del Conocimiento nuevas lógicas de enunciación reafirmándose, por el contrario,  en las formas de información-basura que la novela critica como el desmentido del desmentido o el cálculo de la ambigüedad. Tenemos ejemplos recientes de El Mundo (sobre los atentados de Atocha), El País (sobre los nuevos ayuntamientos democráticos) o el caso emblemático del canal Fox y Murdoch en su continua política editorial del chantaje y del dossier, en la mayoría de los casos falsos. La obsolescencia pues de los medios de referencia mucho tiene que ver pues con la renuncia al compromiso y la estrategia de la sospecha, la propia del pensamiento crítico y el periodismo independiente que autores como Chaves Nogales impulsaron a principios del pasado siglo y que hoy es una farsa especialmente donde más se insiste en el mito de la objetividad – el periodismo angloamericano –  que Eco, a través de uno de sus personajes, critica con razón (p.56).

En este empeño, las Facultades de Comunicación tampoco parecen acompañar el reto de la revolución científico-técnica. Como asevera categóricamente el profesor Di Samis, en la universidad las cosas funcionan de manera contraria el mundo normal. Pero no es posible renunciar al reto de mudar las rutinas y conceptos del oficio. Recientemente en CIESPAL, celebrábamos el I Simposio Internacional de Periodismo de Ciencia y Tecnología en el marco del plan de cooperación CELAC-CHINA. Con motivo de la apertura del evento, señalaba justamente que la razón de ser del Periodismo Científico es reconocer que es una vulgaridad. Que el tiempo de la información en la Sociedad del Conocimiento es el de la difusión al vulgo, el de la socialización del saber a las multitudes. Pues no otra cosa son los medios, como afirmaba con razón el sociólogo alemán Niklas Luhmann, que sistemas de reducción de complejidad, poderosos dispositivos de reflexividad  que pueden hacer efectivo el avance de la ciencia y la tecnología a partir del principio de comunidad y de comunismo científico.

Quienes siempre hemos pensado que Gramsci tenía razón, sabemos que todo hombre y mujer es un intelectual en potencia, construye hipótesis, piensa y crea sus condiciones de vida, inventa sus ecologías culturales, desarrolla una praxis, lógicamente no profesionalizada, de pensamiento y acción. Por ello programas como Ciencia y Sociedad de la UE insiste en la necesidad de comunicación.

Sabemos con Boris Groys que en la nueva economía de la cultura la innovación es básicamente una operación de mediación, de comunicación pública y puesta en valor. Pues en la historia social de la ciencia queda constancia cómo la creatividad no es monopolio de la división social del trabajo intelectual que ha establecido la ciencia moderna. Antes bien, son muchos sujetos y gente común los que hacen posible la transformación de las bases de conocimiento.  Es así que frente al desperdicio de la experiencia, propuestas como la que ha desarrollado CIESPAL para SENESCYT apuesta por la democracia participativa diseñando plataformas virtuales como Participa.Ec que hacen posible el principio básico de la complejidad en la Sociedad del Conocimiento.

En otras palabras, Nacer es Conocer, y la innovación un proceso social que depende cada vez más del grado de socialización de la ciencia y la tecnología. Nos jugamos con ello no solo la posibilidad misma de la economía social del conocimiento, sino más allá aún la democracia y la supervivencia de la especie, aquí y ahora. Aunque este tema no esté aún en la agenda de la universidad y el periodismo que críticamente retrata Umberto Eco.

Quito, 15 de Septiembre de 2015

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