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Introducción

No hay lectura sobre el acontecer que no esté mediada por la política, ni crítica sin posicionamiento; el lenguaje y toda crítica es in situ. Toda enunciación o relato participa de unos cronotopos. Así, cuando uno se enfrenta al debate nacional, e incluso internacional, sobre Podemos, los anclajes de la experiencia nos sitúan en un tiempo y espacio determinados. En mi caso, la propia de un militante comunista que asiste asombrado a ciertas lecturas malintencionadas, a sesgos, derivas e interpretaciones poco fundadas que darían para un libro más que para unas líneas o reflexiones sucintas de este breve artículo.

Valgan, no obstante, estos apuntes para plantear algunas reflexiones y críticas de coyuntura en un horizonte electoral poco proclive a ciertas idealizaciones que han girado en torno a esta experiencia inédita de la democracia en España. 

Innovación política y cambio social

 Reconocer que el fenómeno (destaco la palabra) Podemos es un caso único en la ciencia política y bien merece la atención y reconocimiento a un proyecto que, como mínimo, logró abrir el marco o cerco mediático, situar desde la democracia deliberativa el interés general e, incluso, lo común, actualizando el relato y discurso del 15M, es, creo, indiscutible. La cuestión aquí es que esta experiencia viene limitada por una teoría y una práctica política a todas luces discutibles, que afectan a la concepción de la comunicación, de las disputas por el capital y lógicamente a la identidad de clase que todos, también quien escribe, tienen, renuncien o no en su dimensión imaginaria. Ahora bien, comencemos por reconocer lo obvio:

1. Podemos ha dado un papel central a la política de comunicación, falla histórica en la izquierda y el conjunto de las fuerzas transformadoras. Es más, su propio programa electoral ha incluido medidas importantes como la transformación no mercantil de la esfera simbólica, una política cultural pensada desde la ciudadanía, con participación activa de la población y una nueva institucionalidad cultural democrática y transparente. Solo IU ha apostado, como es el caso, por una visión abierta, progresista y democrática que articule comunicación y cultura desde una concepción transversal (Podemos, 2014), lo que ya de por sí representa todo un avance para las concepciones al uso en el espacio tradicional de la izquierda.

2. La fuerza de Pablo Iglesias ha innovado, además, desde el punto de vista de la tecnopolítica, las formas de diálogo con la ciudadanía mediante el uso inteligente y creativo de las redes sociales, en una concepción propia de la democracia 4.0, desarrollando lo que Cava denomina ‘populismo 2.0’, y ello a partir no solo de una lectura diferente de la composición de clase sino más bien en virtud de nuevas estrategias y lenguajes que conectan con las nuevas generaciones de internautas y la cibercultura contemporánea. Esto es, la forma de acción institucional de Podemos enlaza con una concepción proactiva y ciudadana de internet que reconoce la necesidad de la defensa de este espacio de cooperación no mercantil haciendo un uso apropiable del proyecto y espacios virtuales de la comunicación institucional por parte de los actores sociales.

De la materialidad de la mediación y el trabajo político

Reconociendo ambos aportes, cabe resaltar las limitaciones de esta experiencia que, en parte, explica el declive y fracaso, para algunos ya anunciado, de este fenómeno mediático. Del conjunto de críticas formuladas a la formación de Pablo Iglesias, podríamos destacar los siguientes cuestionamientos principales:

1. La comunicación política no es una cuestión de medios sino de mediaciones. Por ello, el mediocentrismo de Podemos es el talón de Aquiles de la estrategia diseñada con aparente éxito inicial, la misma que hoy relega a esta formación a un papel secundario superada por otra fuerza política, Ciudadanos, que goza del apoyo de las corporaciones informativas que dominan la palabra y la esfera pública en España.

En este sentido, Iglesias no es una figura intelectual posorgánica sino un simple fetiche o señuelo de deconstrucción de las fuerzas transformadoras que meses atrás planteaban un proceso constituyente. Su fascinación mediática empieza y acaba en la pose narcisista común a todo líder electrónico hasta que las fuerzas hegemónicas deciden destruir la propia figura, como ya se viviera en IU con Julio Anguita. El margen de la comunicación política es pues precisamente la pérdida de hegemonía del capital. Hipotecar toda comunicación política a los medios es, además de suicida, inconsciente de la Economía Política de la Comunicación, de la que un productor de La Tuerka sabe poco, por lo visto. La revolución, en fin, no será transmitida por televisión. El poder de la mediación exige una estrategia dentro y fuera de los medios, o más bien desde los sujetos interpelados en el discurso y mediatizados por el flujo informativo dominado por el conjunto de medios mainstream.

De ahí que, a mi parecer, la lectura lacaniana, la teoría populista de la comunicación política de Podemos, resulte errada. La evolución de los acontecimientos demuestra que pensar las mediaciones en la constitución de una nueva subjetividad política desde el escenario hegemónico de los medios termina siendo, a fuerza de soltar lastre, reduccionistamente mediocéntrica, poco política y, menos aún, transformadora. Si bien es notoria una nueva sensibilidad o sensorium, a lo Benjamin, y el capitalismo depende de las construcciones político-afectivas, ello no significa que la indeterminación en el campo sociodiscursivo sea absoluta, menos aún si analizamos la estructura de poder de las industrias periodísticas más que concentradas en países como España.

2. Los significantes flotantes presuponen y exigen sujetos políticos que sepan nadar. Cómo es posible que el electorado de Podemos bascule ahora entre la reedición de lo mismo y el deslizamiento a fuerzas de extrema derecha como Ciudadanos. Ya sabemos que la idea de centro es tan difusa que admite todo espacio fluido y mutable, y por lo mismo propensa al naufragio de los sujetos que se mueven en este espacio y que pueden justificar tanto la guerra en Siria como medidas violentas: el despido libre en contra incluso de sus propios intereses. El caso de Estados Unidos es, al respecto, paradigmático en la indiscernible vocación de la equivalencia entre Partido Republicado y Demócrata. Y es que el discurso y la noción de pueblo son por definición opacos y remiten a una teoría del acontecimiento y de la mediación que, al menos en la práctica, ‘brilla por su ausencia’ en el accionar o estrategia mediática de Podemos, empezando por algo tan elemental como la sociología electoral y la cultura política concreta de cada contexto histórico.

Pensar, en este caso, que las identidades políticas no están determinadas por relaciones económicas y sociales concretas, al ser básicamente modelizaciones discursivas, puede ser válido para el consumo y el efecto placebo que realimenta el bucle del consumo mediático, pero no para la transformación de nuevas subjetividades, y menos aún para el cambio histórico, que como demuestra la teoría crítica es sobre todo un proceso de producción y algo más que democracia cultural mediada por el mercado o el libre intercambio de significantes. Lenguaje y trabajo, mano y cerebro están históricamente conectados. No es posible desligar el universo del texto y el discurso de las condiciones necesarias para la vida en común. Por ello, y a tenor de lo visto en Cataluña y las previsiones electorales del panorama político nacional, más valdría que Podemos pase de la sofística a la mayéutica si no quiere repetir la inacción de más de lo mismo: la misma contradicción entre movimiento e ideología, entre acción colectiva y códigos culturales de la identidad que anima o inspira la acción transformadora.

En otras palabras, no es posible un proceso de cambio sin enfrentarnos de bruces con la materialidad que media toda teoría y toda acción social. Por indefinida que sea la concepción de lo popular y por no reductivamente determinado que esté el discurso, siempre hay anclajes en lo real. Esta es la diferencia negada del pensamiento de Gramsci en Laclau. Mi colega Moreno Pestaña habla, con razón, de la dimensión sociológica; yo prefiero hablar de la materialidad de toda mediación, sea discursiva o simbólica, pues hay trabajo, entendido en sentido marxiano como transformación, en la proyección relativamente autónoma de la política –léase a Bolívar Echeverría a propósito de lo político y de la politicidad–. A mi entender, falta en el diagnóstico de los chicos de Podemos, de nuevo comparto la opinión de mi colega Moreno Pestaña, una visión estructural. Echo en falta en su visión más Bourdieu y menos semiocentrismo, una deriva, como la pancomunicacionista, muy de nuestro tiempo, por cierto, y que, por lo general, deriva en un nuevo idealismo sobre la autonomía, indeterminada, de lo simbólico, como si no hubiera estructuras de clase y delimitación o reglas del juego de acceso al capital simbólico y cultural. Es ahí donde cobran sentido las categorías y el complejo arte retórico de la política. Lo contrario es jugar a ser Rajoy con una visión hipermediática vía plasma, aunque sea en el campo de la teoría. Y quienes trabajamos en Teoría de la Comunicación bien sabemos que la pantalla, como el papel periódico, no todo lo resiste.

Así, la falta de reflexividad deja la operación mediática de los significantes flotantes en el aire, sin consistencia, vulgar, no común, en la banalidad de lo nuevo y lo kicht, un ejercicio nada transformador ni significativo como alternativa democrática. Antes bien, un juego de tronos propio del mundo espectacular integrado en el que vivimos, donde la creatividad y la invención de otros mundos imaginados solo es posible desde el discurso, en un sentido performativo, sin cambiar la realidad, sin interferir en las bases concretas y materiales, de los mundos de vida; una suerte, en fin, de ‘gatopardismo’ y eterno retorno de lo mismo, también, como es lógico, en el campo de la oferta política y el consumo de iconos. Ayer González y su cambiazo y hoy Iglesias y su promesa de cambio.

En este sentido, cabe criticar la calculada ambigüedad en el lenguaje, la indeterminación del significante flotante, vacío, que tiende a ajustes coyunturales, y mero tacticismo resultando finalmente pura nadería. Como en los ochenta, la comunicación política de Podemos comparte el fetichismo de la comunicación del mundo de la empresa que en la crisis neoliberal de aquella década apelaba a las marcas y relaciones públicas para resolver la crisis estructural de acumulación del capitalismo. Lo sorprendente es que muchos intelectuales de izquierda repliquen y compartan tal visión pancomunicacionista negando una idea elemental para todo proyecto emancipatorio: no otra cosa es el dominio del principio de universal equivalencia que la del puro significante y la lógica del intercambio. Por eso afirmo que Podemos comparte un mal entendido concepto de la relación entre la teoría y la realidad, entre estrategia comunicacional y práctica política. Quizás si hubieran leído el último libro de Gregorio Morán podrían entender algo de nuestra historia, de la llamada casta, de la memoria reciente y la sociología de la cultura política nacional, más que nada para no repetir la tragedia como farsa, en este caso en forma de bipartidismo renovado. De su lectura entenderían que España no es Bolivia, si bien los dirigentes de Podemos ahora reniegan del MAS y de experiencias como la bolivariana, y que la cultura plebeya y política en España precisa una revolución en el sentido gramsciano justamente por razones de composición, estructura e historia social.

3. El proceso constituyente negado. El principal problema del partido de Iglesias no es otra cosa que un triunvirato o formación partidaria al uso; es la incoherencia entre la teoría de la hegemonía o la lectura laclaudiana y la práctica política concreta. La idea germinal de esta fuerza política es actualizar la concepción hegemónica que viene de Gramsci y Laclau a partir de una lectura productiva del movimiento 15M. Ello pasaba por una impugnación de la casta, el régimen monárquico y el proceso de transición del 78, un deseo que conectó con amplios sectores populares ante la crisis de legitimación del sistema político. Sin embargo, a día de hoy, Podemos asume la monarquía constitucional, renuncia al proceso constituyente y su derechización hace, en esencia, indiscernible su propuesta del PSOE. En su voluntad de atraer el voto de amplias franjas de población para constituir una mayoría social, reuniendo diversas fuerzas y movimientos sociales, ocupar el centro del tablero ha terminado por fagocitar el proyecto constituyente, hoy negado, para convertir Podemos en una caricatura de sí mismo o de otras fuerzas centradas, fruto paradójicamente de la operación de centrifugado a la que se ha sometido y que para el caso, de facto, mejor representa el producto Ciudadanos que tiende a remplazar al fenómeno Podemos.

No habrá, por tanto, reforma del Estado, ni proceso constituyente pues Podemos tiene cada vez menos voluntad transformadora y, lejos de aglutinar a los sectores subalternos, ha hecho posible su migración, cosas del significante vacío, a una opción de extrema derecha. Frente a esta renuncia a la innovación política radical de la institucionalidad vigente, algunos pensamos que plantear un proyecto de unidad popular es disputar la hegemonía en forma de proceso constituyente, y por tanto la necesidad de una nueva forma de partido y organización política y del Estado que, hoy por hoy, no representa Podemos, ni de lejos, como tampoco, ciertamente, otras formaciones de izquierda como IU en sí mismo.

De Podemos y la mediación contrahegemónica al proyecto transformador hay un abismo epistémico y toda una brecha cognitiva por pensar que, lamentablemente, no observamos en el campo social en términos de capacidad de autonomía y organización. Primero por el propio fetichismo y culto a la personalidad, y luego por la cultura o pensamiento mágico que tiende a pensar que con solo un voto a una fuerza emergente se podrá cambiar el panorama político, casi sin tocar las prácticas, habitus y estructura de juego de los capitales en pugna. Más aún, se observa en los últimos meses que:

 El pueblo que se invoca allí donde solo se juegan conflictos entre las élites es otra cosa: es un pretexto para el conflicto entre fracciones del campo del poder (polo cultural versus el polo económico) o entre generaciones entre los campos culturales: los mejores que han sido maltratados por las élites apalancadas por los peores (Moreno Pestaña, 2015, p. 96).

4. El tecnocratismo. Uno de los elementos originales de innovación política del 15M y, desde luego, de Podemos, ha sido, en origen, la capacidad de romper con el elitismo del discurso liberal clásico proponiendo dinámicas de participación directa de la ciudadanía. Pero hoy esta virtud es una falencia en la vida diaria de la formación. Nada tan ajeno a la realidad como el respeto a la democracia radical participativa, comenzando por el diseño de un modelo leninista de vanguardia y control del grupo de profesores que tuvieron la original idea de impulsar esta nueva fuerza política, continuando por la elaboración de las listas con sectores renombrados de la judicatura, las artes y la academia, y continuando por el propio discurso ilustrado que ha permeado la lectura electoralista de la formación. Desde este punto de vista, los círculos ciudadanos han sido la excusa para una dirección centralizada y basada en la lógica del arribismo que en modo alguno ha cambiado el modo de hacer política en el país. De hecho, las propuestas de representación por sorteo apenas han sido consideradas, como los procesos de designación desde las asambleas, induciendo una lógica del desencanto. Este espíritu despótico ilustrado desmiente la apelación a la gente y la lógica plebeya de Podemos que, si bien fue así en su origen, hoy observamos que en modo alguno se acerca al discurso que pregona. La idea de algunos ilusos defensores del anarco pop, como Bruno Cava, indicando que Podemos es la continuidad, sin más, de la experiencia del 15M como un proyecto o ensayo de cooperación, creación de redes, y el amor de la potencia común, no casa bien con la realidad de la renuncia de muchas bases y la crítica local y regional de numerosas delegaciones, como sucede por ejemplo en Andalucía.

Conclusiones

Así las cosas, tratando de mirar hacia atrás y hacia adelante, en el tiempo y en el espacio, conociendo y procurando conocer más toda relación ficcionalizada, todo imaginario de la Modernidad fallida, como es la de España, tratando, como digo, de comprender el sentido de esta experiencia como un problema en sí mismo, llegamos a una conclusión nada o poco positiva para el horizonte político de un proceso de ruptura o revolución ciudadana que, en el fondo, es lo que esperábamos tras el 15M a propósito de la experiencia Podemos. El reto ahora debería ser pararnos a pensar, al tiempo que movilizar, los corazones y las cabezas. No otra cosa es la teoría crítica que ilustrar las pruebas, conectar y modificar perspectivas, avizorar nuevos horizontes cognitivos, capturar en lo esencial el complejo prodigio de la vida en común. Y ello exige que recordemos que toda relación, todo sistema relacional es por definición contradictorio. Las relaciones no solo son imaginarias, ideales, son también producto de la experiencia mediatizada por intereses, por poder, situación y desigual posición de observancia. Como enseñara Gramsci, no es posible pensar fuera, no es posible el mito de la exterioridad. Toda narrativa es una forma de cavar trincheras.

En otros términos, el estudio de las dinámicas históricas a largo plazo permite analizar los problemas contemporáneos con criterio, de forma integral y perspectiva histórica. Por ello, como advertía Mandel, no debemos desconectar la historia por arriba y las estructuras de dominación de la historia por abajo. La brecha entre cultura y política, entre pensamiento y acción, la indisoluble articulación de teoría y praxis por la estetización general de una posmodernidad acrítica nos obligan hoy a comenzar por el camino perdido, por las huellas de lo ingobernable y la estética relacional, asumiendo por principio que conocer es cuestionar e intervenir en la realidad, y hoy escribir, como antaño, a contracorriente. Hagamos las lecturas oportunas del fracaso constituyente que viven las mareas y sus formas partidarias, y volvamos, como sugiere el maestro Juan Carlos Rodríguez, en su salutación de bienvenida al desierto de lo real concreto, de la destrucción creativa del capitalismo salvaje, a la evidencia y orfandad o desértica posición en la que habitamos durante tantos años los militantes comunistas en España, justamente por la renuncia a retornar a nuestros principios básicos comenzando por la imagen gramsciana de articulación del doble poder. A saber: sistematizar y desarrollar el marxismo como teoría científica, como práctica sociovital, como conciencia subjetiva y objetiva y como ‘inconsciente ideológico pulsional’.

Si se articula no en el sentido común de Laclau, sino como mediación liberadora de procesos de emergencia de una otra forma de práctica teórica, ello significa superar:

1. La tradición tecnicista del marxismo que ha privilegiado el factor económico y el desarrollo de las fuerzas productivas como eje para la transformación colectiva.

2. La lectura superestructural que relega y olvida las condicionantes económicas y las relaciones de producción como ha sucedido en Norteamérica e Inglaterra con los estudios culturales.

Una lectura productiva y apropiada de Marx, advierte el autor, exige “establecer una nueva práctica de la economía, de la política y unas nuevas prácticas ideológicas. Pero toda esa nueva serie de lenguajes y de prácticas es algo que desconocemos por completo y que habría que ir inventándose de acuerdo con la coyuntura histórica en la que se viva” (Rodríguez, 2013, p. 152). Retornar, en suma, a la escritura de la explotación y esto, si me permiten la licencia, en un país con nula o débil tradición marxista, a diferencia de Francia u otras culturas de nuestro entorno geopolítico y cultural, pese a estar devastada por la dominación y la servidumbre de su condición de periferia del sistema mundial.

La vuelta a la historia para politizarla en su interpelación a la figura del intelectual y el compromiso histórico, más allá de la sociología de la deconstrucción retórica, el giro lingüístico y semiocentrista de la hipersimbolización micro del neopragmatismo que toda potencia y voluntad liberadora anula, implica en esta dirección tratar de trascender la ausencia de teoría fundamentada a partir de la crítica del inconsciente capitalista que hoy domina el pensamiento por la falsa dicotomía individualismo/colectivismo, comenzando por pensar desde el principio básico la idea motriz en Marx, que no es otra cosa que el hecho social del pensamiento como escritura de y desde la explotación.

Solo a partir de la radical materialidad de esta lógica es posible comprender el inconsciente ideológico, el miedo a tener miedo, un sentimiento común de todo sujeto que ha de responderse ‘qué hacer’ y que en personajes como el caballero de la triste figura, tal y como expuso magistralmente Juan Carlos Rodríguez en su última conferencia dictada en Sevilla a propósito de Cervantes y el origen de la novela moderna, ilustra dinámicamente la función vital del inconsciente ideológico en cambios de época como los que vivió el Manco de Lepanto o períodos como el actual de clara inflexión y ruptura histórica. No sabemos si los dirigentes, o el triunvirato de Podemos pueden retornar la fuerza y fragor inicial que representaron con toda su potencia, pues no otra cosa es esta formación que una ilusión y una dirección que se dice preclara pero que renuncia a impugnar en el campo de lo simbólico. Probablemente no. Los productos mediatizados tienen un rápido desgaste, el problema es que no deja en territorio esperanza alguna.

Los pueblos y ciudades de España no esperan una respuesta comunicacional, sino alternativas transformadoras. Ya no sirven los significantes flotantes sino la vuelta a lo real concreto, con todo su espesor y complejidades. Quizás tras el quiebre o leve pestañear mediático, algunos redescubran este principio esencial. Eso al menos esperamos, por el bien de todos, por el bien común.

Referencias bibliográficas

Cava, B. (2015). “El Populismo”. Disponible en ‹http://anarquiacoronada.blogspot.com.br›.

Moreno Pestaña, J. L. (2015). La lógica de los pequeños capitales: filosofía y sociología del populismo. En El Viejo Topo, 330-331, julio-agosto, p. 89-98.

Podemos. Documento Programático. Facebook: Podemos Cultura.

Rodríguez, J. C. (2013). De qué hablamos cuando hablamos de marxismo. Madrid: Editorial Akal.

Sánchez, R. (2014). “O poder do Podemos”. Disponible en ‹http://www.quadradodosloucos.com.br›.

Sierra, F. (ed.) (2009). Teoría Crítica de la Comunicación. Lecturas y fundamentos. Madrid: Visión Libros.

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